Una caminata por el paseo fluvial entre Laviana, San Martín del Rey Aurelio y Langreo
permite conocer algunos de los puentes industriales más impresionantes de Asturias.
Puede que un día desaparezca todo lo que nos recuerde que el Valle del Nalón fue una cuenca minera en toda regla; ya no quedarán mineros, ni prejubilados, ni siquiera jubilados que rememoren mañanas de humo y cenizas camino del pozu. Pero cuando todo esto ya no exista, aun quedarán algunas pistas que le demuestren al viajero que viene a visitarnos que aquí, en esa comarca que discurre de sureste a noreste (o viceversa) y que ahora está poblada por miles de árboles que crecen, dan sombra y frescor a la tierra, hubo algo que durante un tiempo la hizo peculiar, que precisamente por su existencia, aun la hace distinta al resto. Esos “elementos” serán básicamente tres: las bocaminas, los castilletes y los majestuosos puentes que cruzan el río Nalón y a los que vivimos aquí estamos acostumbrados, pero no dejan de ser piezas únicas de ingeniería civil.
(Antes de continuar hablando de algunos de estos gigantes de hierro que cruzan de orilla a orilla, tenéis que saber que se pueden ver todos con una caminata muy sencilla. Basta con calzarse unas zapatillas y recorrer el paseo fluvial entre Pola de Laviana y Riañu (Langreo). La senda, que es peatonal y ciclista, tiene unos 15 kilómetros y es llana y accesible. El camino serpentea cuando a un lado del río cuando al otro. El recorrido —que puede hacerse por tramos— atraviesa poblaciones, bosques, parques, barriadas y también permite el encuentro con estos puentes que un día transportaron carbón y hoy son testigos mudos de un pasado industrial que aun late en el paisaje).
Si arrancamos en lo más alto del valle, para encontrar un vestigio industrial tenemos que llegar hasta la localidad de Barredos. Allí está el Puente Rimoria. Esta pieza lleva el nombre de una de las minas, la de alta montaña, que formaba el grupo Laviana con Barredos y Carrio. Antes de su existencia, las vagonetas iban colgadas de un cable que cruzaba el Nalón (lo de los cables de los que cuelgan recipientes cargados de carbón es un tema recurrente en la comarca; ya os lo contaremos en otro momento).

Ya en San Martín del Rey Aurelio, y sin mencionar los puentes digamos “más civiles”, nos encontramos algunas de las joyas de la corona puentística del Nalón, que pueden ser visitadas, caminadas y fotografiadas.
En Blimea está, por ejemplo, el Puente de Miramar, que en un principio iba a instalarse en El Entrego pero que acabó siendo el paso para unir el núcleo blimeíno con los pueblos de Sienra y Villar.

En Sotrondio nos encontramos dos ejemplos más: el primero, el Puente de los Gallegos, que debe su nombre a los canteros que lo construyeron (está bien denominar a las cosas por quienes se rompieron las manos edificándolas). El de los Gallegos, que ya cumplió los 100 años, fue rehabilitado en 2003 y ahora luce amarillo (más abajo, después lo veremos, tiene un “gemelo” que debe su nombre también a un gentilicio, pero más europeo).

En la capital del concejo de San Martín del Rey Aurelio también se encuentra otro puente, el de la Maquinilla, que une Sotrondio con El Serrallo y que tiene, digamos en este caso, un “mellizo” en Langreo.
Si seguimos río abajo, llegamos al Puente de Carrocera, que, en El Entrego —son de cambiar mucho los nombres para adaptarlos a lo suyo—, todo el mundo conoce como “el de Les Chapes”. Nació para transportar el carbón que salía del lavadero de Carrocera; ahora sirve para llevar gente al Centro Comercial Valle del Nalón, al súper, concretamente.
Y ya en Langreo, donde termina este recorrido de puentes y memoria, nos encontramos, entre Ciañu y Sama, la otra “Maquinilla” y el Puente de los Ingleses. Ambos están pegados al paseo fluvial que por cierto, el conocido popularmente como “de los ingleses” le debe esa denominación a la supuesta participación de técnicos de esta nacionalidad en su construcción, algo que, por otro lado, no está documentado.

Casi todos estos puentes ya han cumplido el siglo de historia. Algunos están a punto de hacerlo, y nadie duda de que cumplirán otros cien más. Cuando nadie recuerde lo que es un costeru, ellos lucirán con sus hierros, sus remaches y su solvencia sobre el río Nalón como si tal cosa.
Aitana Castaño


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