Puente de los Ingleses, Sama de Langreo

En la cuenca minera hay varias maneras de definirse. Una de ellas es por el nombre del pozo en el que trabajaba tu padre, tu abuelo o tu tío. Y otra, por la barriada en la que vives tú o alguien de tu familia, lo que en los 80 y 90, significaba pasar muchas tardes entre sus bloques de viviendas. Y es que una cosa que el turista va a ver si viene al Valle del Nalón es un territorio salpicado de barrios obreros que cuentan miles de historias.

Lugares que algún día sirvieron para acoger a las miles de familias que llegaron de distintos puntos de la Península Ibérica (principalmente de Andalucía, Extremadura, Galicia, León o Portugal, pero también del resto de Asturias) para encontrar en el carbón el sustento con el que salir adelante. Pero también para las familias de la comarca, las que vivían en las aldeas del valle y que poco a poco iban bajando al fondo del valle para estar más cerca de los pozos que les permitían llevar a casa un
sueldo (iba a poner digno, pero la verdad es que no siempre lo fue).

Panorámica de la barriada de La Joécara, Sama de Langreo
La Joécara, Sama de Langreo

Casi todas las barriadas se construyeron alrededor de la década de los 50, aunque hay ejemplos, como el Barrio Urquijo de Langreo, que son anteriores. El caso es que en los años cincuenta, ante la falta de oferta privada de viviendas, fue la dictadura militar franquista la que se lanzó a construir casas en las que “meter” a todo aquel que llegaba a la cuenca. Y a partir de ahí nacieron las barriadas más populosas: El Serrallo, La Joécara, Tuilla y el maravilloso Polígono de Riaño. Puede que los que mandaran entonces pensaran que tener a todos juntos en parcelas delimitadas les serviría para controlarlos mejor, pero, claro, no contaban que en los barrios iban a vivir mujeres como Anita Sirgo o Tina la de La Joécara.

Barredos, Laviana. Foto: patrimoniuindustrial.com

Porque darse un paseo en 2025 por alguno de estos barrios es lo mismo que caminar por el urbanismo, la sociología y la lucha obrera del siglo pasado. Basta cerrar los ojos y pensar en las voces de los miles de “guajes” que se criaron entre esos ladrillos, en las madrugadas que suponían un trasiego de hombres que iban y venían del pozo, en las tardes de domingo calurosas, de ventanas abiertas y sillas en la plaza, con conversaciones plagadas de acentos distintos y olores a cocinas de otras latitudes.

Mencioné antes los ladrillos, y así, como norma general, os diré que hay dos clases de barriadas en la cuenca: las amarillas y las rojas. No me consta que la elección del color tenga un significado concreto. Aunque sí lo tienen algunos de los nombres que eligieron para ellas, como la del Primero de Mayo de Barredos (toda una declaración de intenciones), o Japón en L’Entregu y Corea en Ciaño, que deben su denominación a la guerra de turno que se estaba lidiando en el mundo en el momento en el que se repartieron los pisos. Al parecer, conseguir una de las viviendas era toda una batalla. Aunque, si os soy sincera, mi nombre preferido es el apócrifo del Barrio de La Concordia, en La Felguera, al que popularmente se le conoce como “la barriada el gochu”. Dicen que porque una familia tenía un cerdo en la vivienda, pero qué casualidad que nadie vio al animal nunca. ¿A ver si tenía que ver con que antes de llamarse “Concordia” se llamaba “Francisco Franco”? A ver si…

Aitana Castaño

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